Estar contigo, es un placer. Merece la pena sentarse a una mesa contigo oyéndote hablar, aprendiendo, queriendo cambiar el mundo a tu lado. Por eso dejé caer mi coraza. Es cierto que apenas queda ya nada de lo que una vez fui (hace demasiado tiempo) y entre las ruinas sólo quedan fantasmas. Pero quise creer que tú verías más allá y que gracias a ti recuperaría las herramientas que necesito para ser. Pero nunca me has mirado siquiera.
Y ahora cada segundo duele. Ya no recordaba lo que duele vivir expuesta a cada arañazo, a cada golpe a lo largo del camino. E intento ser fuerte, superar mis miedos y seguir adelante. Crecer de todo esto. Ser mejor persona. Pero la verdad es que ya no sé cuál es el camino a seguir, qué hacer para no tropezar ni cómo avanzar cuando el dolor me ciega.
Me siento perdida, pequeña e inútil. Y odio sentirme así. Te odio por hacer que me odie. Te odio porque me engañé por ti. Te odio porque duele. Te odio porque sé que no es culpa tuya. Te odio porque no podría sobrevivir sin odiarte. Porque sólo odiándote me puedo alejar para empezar de nuevo.
Gracias y hasta siempre.
sábado, 4 de abril de 2009
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