martes, 26 de mayo de 2009

Desnudos

Hace un montón que no me escribes y quería darte las gracias por ello. Sé que suena mal, pero la verdad es que me tenías un poco hasta las narices. Y bueno, he decidido escribirte para contarte por qué y para que no se te ocurra volver a aparecer en mi vida.

¿Y como empezar? Pues empezaré por lo obvio: nunca me gustaste. Sí, hubo un tiempo en que me caías más o menos bien, pero sé (y ya lo sabía entonces) que no eras para mí. Ni me inspirabas ni te admiraba. No existía esa fascinación. Supongo entonces que te utilicé, pero yo creo que eso lo sabíamos los dos. Yo quería dejar de ser virgen y tú andabas por allí. Yo quería algo temporal, informal y sencillo y tú... No sé bien lo que querías. Y sé que yo lo tendría que haber parado antes, pero me equivoqué y me dejé llevar. Y ahí, me perdí.

Es cierto que me enseñaste algunas cosas. Pero también es cierto que nunca me hiciste sentir a gusto con lo que era y lo que soy. No sé si eras consciente de lo vulnerable que era y si te aprovechaste de ello. O igual simplemente eres esa clase de persona. Pero la verdad es que el momento más humillante de mi vida lo viví contigo y eso me parece terrible. Aquella mañana en la que yo me desnudaba ante ti, bailando, porque tú me lo habías pedido y tú lo único que hacías era liarte un cigarro. Nunca me he sentido segura de mi desnudo pero en aquel momento la poca autoconfianza que pude tener se evaporó y aún trato de recuperarla.

Y lo peor de todo no es eso. Lo peor es que pese a que yo quería algo con fecha de caducidad (al fin y al cabo tú vivías en otra ciudad), no me largué en aquel momento. En cambio, seguí mutilando mi autoestima con un capullo (porque lo siento, eras un capullo), con problemas mentales (los dos lo sabemos, así como el médico que te recetaba Orfidal) que, la verdad, no me importaba lo más mínimo. Y sin embargo, cogí un tren para darnos una despedida en condiciones y aquello acabó como acabó. Eso sí, al menos me ayudó a abrir los ojos.

Y cuando por fin puse fin a aquello, ¿por qué no me dejaste en paz? ¿Por qué seguiste escribiendo de vez en cuando, llamando periódicamente? ¿Creías que ibas a seguir teniendo sexo porque no podía aspirar a nada mejor que tú? No, lo siento, las cosas han cambiado. Mi autoestima no sé dónde andará, pero me llevo mucho mejor con la soledad de lo que solía hacerlo.

Sinceramente, me importa un comino cómo te va la vida. Pero por favor, no me vuelvas a llamar, no me vuelvas a escribir, no vuelvas a acercarte a mí. Espero algún día reencontrarme con mi desnudo y sentirme a gusto en mi piel. Pero tú... ¡Hasta nunca!

2 comentarios:

Microalgo dijo...

A él, que sí que debe ser un capullo, lo comprendo dentro de su capullez, más o menos.

A Usted, no tanto, pero es que las mujeres siempre han sido para mí un arcano indescifrable.

Por otra parte, menos mal que ninguna de las chicas con las que he salido me han pedido a mí algo así.

Gueeeej.

En fin.

Dejémoslo.

Inés dijo...

Yo sigo sin entenderle a él. Ni a mí, claro está. No sé qué estaba yo pensando para decidir liarme con él. Pero bueno, era joven (no tanto) e inexperta (eso mucho) y todos cometemos errores.

Y lo del striptease, qué quieres que te diga. No le veo yo el atractivo, pero si él quería, tampoco se me iban a caer los anillos por hacerlo. Claro, que no esperaba que su reacción fuera una absoluta falta de interés.