Hay pocas cosas que me gusten tanto como el silencio. No cualquier tipo de silencio, no. Si yo soy la primera que pone la radio (bajita) en cuanto llego a casa. Y si no es la radio, pongo música. O lo que sea. No.
Me refiero a los silencios compartidos.
Esos silencios que sólo surgen al estar a gusto. Silencios que no hay que rellenar con nada. Estar juntos, sin hacer nada. O leyendo. O lo que sea. Conscientes el uno del otro, pero callados.
Los silencios cuando ya la piel ha dicho todo lo que se podía decir. Ahí sí. Silencio. Perfecto. Dulce. Con sabor al otro, a cansancio. Todavía enredados, inundados de endorfinas. Exhaustos.
Silencios punteados tan sólo por una caricia inadvertida, que surge naturalmente. O quizás también por una mano errante que reposa en el pecho, sintiendo, escuchando, cada latido en las yemas de los dedos.
Esos silencios.
lunes, 22 de junio de 2009
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5 comentarios:
Yo no suelo ser demasiado de silencios. Pero aprendí a valorarlos hace ya tiempo. Y sí, estoy de acuerdo. A veces son una delicia.
A mí me encantan, me aportan paz. Es otra forma de comunicación (o eso me parece).
Pero cuando hay enfado de por medio, los silencios son lo peor de lo peor. Pocas cosas hacen más daño.
Ya sé, ya sé que no se refiere a esos.
Sí, no me refería a esos pero tienes razón. Pero es que esos silencios son venganzas, son armas y yo no gasto de eso. Muchas gracias pero no.
Un beso
Rara avis. A fe mía.
Rebesotes.
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