sábado, 5 de febrero de 2011

Pesadillas (II)

Hoy he tenido un sueño súper raro. Había un cine que parecía a reventar pero que luego estaba vacío, una señora que no paraba de hablar, micrófonos en cada asiento, que un señor decidía coger para ponerse a cantar (a la vez que la señora hablaba).

La cosa se ha vuelto rara cuando ha entrado en acción una cámara secreta (no cámara de vídeo, cámara de sala, en plan en las pirámides), a la que, para acceder, había que superar unas trampas mortales (que, por lo visto, yo ya me sabía de memoria y pasaba de volver a superar). Y ahí estaba, en la cámara contigua, con un tío (que era el que había creado la cámara mil años atrás), subiendo hasta el cielo de Barcelona.

Pero el sueño tan raro se ha vuelto pesadilla cuando horas después, cuando ya teníamos todo lo que necesitábamos de la cámara, yo rogaba y suplicaba que nos fuéramos, que estaba agotada, que no podía más, que necesitaba dormir. Y me caía y resbalaba. Y mi hermano soltaba un poste y yo tenía que hacer todavía más esfuerzos por caminar. Pero no podía más. Necesitaba dormir. Y me ponía a llorar de impotencia y desesperación.

Con ese mal cuerpo me he despertado. Y es el mismo mal cuerpo de la única vez que de verdad me dolió algo que hiciste. La misma sensación de suplicar porque necesitaba dormir. La misma impotencia porque no me escuchabas, porque estabas a lo tuyo y yo, en aquel momento, te importaba menos que el libro que leías...

Joder. Aún me siento fatal. Ahora mismo es como si las caídas del sueño, los golpes, el cansancio y todo lo demás eran reales, aunque no lo fueran. Pero la angustia, la desesperación, la impotencia y sentirme invisible, todo eso sí que fue real. Y eso es seguramente lo peor de este despertar de sábado (bueno, hace ya una hora que me desperté y sigo así, así que, imagínate).

No sé si te llegué a explicar por qué me eché a llorar aquella noche. Creo que sí. Y aún recuerdo tu abrazo, una vez que ya habías apagado y dejado el libro, y cómo me preguntas muy bajito "¿Qué te pasa, bichito? ¿Por qué lloras?". Y recuerdo cómo picaba tu jersey en mi cuello. Y recuerdo no ser capaz de decirte qué me pasaba y que tu abrazo, aunque era perfecto, sólo me dolía más. Porque no me habías visto, no me habías oído y yo necesitaba ambas cosas.

Pero tu abrazo también me dijo que te importaba. Y tu voz preocupada, todavía más.

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