miércoles, 12 de diciembre de 2018

Doce meses (o casi)

Empecé el año... normal. Como casi siempre. Soltera y sin demasiadas perspectivas de nada.

Llegó febrero y me lancé a la piscina contigo. Te convertiste en el #crush. Que si agua, que si no, que si novia, que si tonteo, que si mejor no... de repente era abril y me fui a Valencia. Desintoxicación.

Volví. Seguimos tonteando. Pero poco, muy poco. Era bonito. Sobre todo me gustaba saber que aunque no pasara nada entre nosotros, éramos algo. Y me hacía ilusión ver, de vez en cuando, un mensajito tuyo.

Pero con el final del verano llegaron malos tiempos (para mí). O mejor dicho, subió el tema y me paraste los pies. Y acordamos no contactar más. Creo que me bloqueaste en whatsapp. No lo sé. Pero no te escribí más y aunque te pensaba, sabía que estabas con tu chica y dónde estaban los límites.

Volví a Tinder. Lo intenté. Sin muchas ganas porque nadie me hacía especial tilín. Pero lo intenté. Algunos matches. Un par de citas.

Seguía cruzándome contigo y queriendo saber qué era de tu vida, de las cosas que me habías contado que planeabas. Saber si te habían salido bien (y celebrarlo) o mal (y apoyarte). Pero no era mi papel.

Un mensajito tuyo encendió la llama que no había acabado de apagarse pese a la distancia y el tiempo.

Y unos mensajes más tarde perdí ese algo que éramos. Supongo que para siempre. Ya no hay hilo de conexión entre nosotros. Ninguno. Los has cortado todos.

Nos hemos vuelto a cruzar (era inevitable). Nos saludamos. Todo parece normal aunque ahora ya no sé qué hacer con mis ganas de saber de ti, de celebrar todo lo bonito y cogerte de la mano (metafóricamente) cuando tengas un mal día.

Así que acabo el año casi como lo empecé. Más triste, si acaso.

Pero no me arrepiento de nada.

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