sábado, 23 de mayo de 2009

Recuerdos

Ya os he contado que soy cabezota y que ya lo era de pequeña. Lo que no os he dicho es que además de cabezota, era de tamaño diminuto (ahora... bueno, ahora me gusta decir que no soy bajita, sino concentrada, mejor en dosis pequeñas). Que me voy, volvamos al tema. Ambas cosas se unieron en unas vacaciones que creo que mi hermano aún recuerda con terror.

Familia-Inés de vacaciones en Gandía. 1987. Papá-Inés, mamá-Inés, hermano-Inés y, por supuesto, nuestra cabezota protagonista. Apartamento alquilado, nuevecito, con los suelos de parquet recién encerados. Inés tiene cuatro años y ya sabemos que apenas levanta dos palmos del suelo. Hermano-Inés tiene algo más de siete años. Vamos, un par de críos que se pasan el día peleándose pero que difícilmente pueden estar separados.

La semana de vacaciones está siendo un montón de playa, un bastante de piscina, algún que otro niño nuevo y todo aderezado con una buena cantidad de risas. Vamos, unas buenas vacaciones para los niños. Los papis... bueno, al menos me dejo poner los manguitos y les doy un ratito de descanso, seguros de que no me ahogaré en la piscina (lo de abrirme la cabeza, uff, eso mejor lo dejamos para otro día).

Penúltimo día de las vacaciones, mamá-Inés decide hacer natillas. No habéis probado natillas de verdad si no habéis probado las natillas de mamá-Inés. La familia entera se relame ante la perspectiva. Y mamá-Inés no defrauda... Hace natillas para un regimiento, en un bol que, dado el tamaño diminuto de Inés, le parece casi una piscina.

Llega el momento del postre y nuestra protagonista (aquí una servidora) quiere ayudar. Pero no quiere ayudar de cualquier manera, no... Quiere encargarse de llevar las natillas. Sí, en ese apartamento alquilado con los suelos de parquet recién encerados. Sí, ese bol que le parece una piscina. Sí, se masca la tragedia en el ambiente.

Mamá-Inés intenta diversas técnicas de persuasión, pero no hay manera. Natillas o pataleta, eso es lo que hay. La cabezonería supera la paciencia de mamá-Inés, al fin y al cabo son vacaciones. Por fin, abrazada al bol de natillas, Inés sale de la cocina. Aprieta el bol contra su pecho, rodeándolo con sus bracitos que no llegan a abarcarlo completamente. Sonríe, claro. Está más que contenta, más que orgullosa de ser ella la que lleva las natillas a la mesa.

Aprieta fuerte.
Aprieta fuerte pero hay mucho camino.
Aprieta fuerte pero hay mucho camino y hace calor.
Aprieta fuerte pero hay mucho camino, hace calor y el bol empieza a resbalar.
Aprieta fuerte pero hay mucho camino, hace calor y el bol empieza a resbalar mientras entra en el salón.

Mira a su hermano.
Su hermano tiene la cucharilla preparada.
Su hermano tiene la cucharilla preparada y una sonrisa en los labios.

Su hermano la mira.
Su hermano la mira y mira al bol de natillas.

Los dos miran el bol de natillas.
Los dos miran el bol de natillas que resbala.


El bol de natillas que resbala.



Que resbala.





Inés aprieta fuerte, pero ya es tarde. El bol resbala, volcándose.




Hermano-Inés no ha soltado aún la cucharilla, pero ya no sonríe. El salón entero está inundado de natillas. Inés está en ese suelo de parquet recién encerado, cubierta de natillas. (¡Mmmmm natillas!)

Mamá-Inés, evita el desastre y un titular en la sección de sucesos haciendo más natillas para cenar. Natillas, que, por supuesto, fueron transportadas por un adulto.

A mí, no me han vuelto a dejar llevar un bol de natillas. Ni acercarme, casi. Creo que mi hermano aún no me ha perdonado por aquello. De hecho, basta con decir "natillas" y "Gandía" en una misma frase para que se le ponga la piel de gallina. Y si añades "Inés" a la frase, eso... eso es su "Candyman" particular.

5 comentarios:

Microalgo dijo...

Algo parecido sucedió con mi hermano de pequñitos los dos, cerca de mi casa (edades similares a las que usted narra). Encontré un boomerang entre unos matojos, con los extremos pintaditos de rojo y todo. MI hermano me lo quitó de las manos: "Esto lo tiras y vuelve" y lo tiró a la Bahía de Cádiz, de donde jamás regresó. Lo que pasa es que yo siempre he tenido mucho humor, y a pesar de la pena que me dio perderlo, me tronché de risa (y se lo cuento a tod oquisiqui, a Usted, por ejemplo).

Aún colea, el boomerang, que al fin hizo honor a su devenir con un retorno enterno, infinito y mirceaeliádico.

Inés dijo...

Pobre Anaxágoras, seguro que a él también le dio mucha pena. Pero es bueno tener con quien recordar esas anécdotas... Y si además os reís, pues aún mejor.

Además, seguro que tú te has vengando diciéndole eso de "Esto lo tiras y vuelve" en algún otro momento, con sorna y cachondeo.

Un besote

Inés dijo...

No me voy a quedar con la duda... ¿¿"mirceaeliádico"??

Microalgo dijo...

Claro que se lo he dicho. Recurrencia tipo natillera: en cuanto tengo ocasión. De mi viaje a Australia, por supuesto, le traje uno...

La palabreja era la pera, lo confieso.

Mirecea Elíade, 2001. El mito del eterno retorno. Emecé, Buenos Aires (Argentina).

No es la edición que yo leí hace mucho tiempo... pero es la que he encontrado en internet, en PDF, hace dos minutitos.

Se lo mando a su correo de G-Mail, ipso facto.

Besotes.

Inés dijo...

Recibido, ¡gracias! Y contestado vía mail, también.

Muchos besos en agradecimiento.