lunes, 1 de noviembre de 2010

Aeropuertos, hogares y despedidas

Aviso: Si estás en una relación a distancia, no leas esto. Si no quieres leer como alguien se queja, no leas esto. Si estás feliz y contento, casi que mejor que no sigas adelante. Esto es un post lleno de cursilería tópica y sentimentaloide medio pergeñado mentalmente en un avión. Y avisados todos los presentes, paso al tema.

Odio los aeropuertos. Bueno, en realidad no los aeropuertos en sí mismos. La sensación de vacío que me queda cada vez que paso por uno. Bueno, también depende un poco del sentido del viaje, pero ése eso es parte del problema.

Tenerife no es mi hogar. Me gusta, han sido cuatro años llenos de experiencias, tengo un montón de amigos y seguramente no hubiese podido encontrar mejor lugar para estrenar independencia. Pero nadie espera en el aeropuerto (en buena parte, por elección personal). No es mi hogar.

Madrid tampoco es ya mi hogar. Mi habitación ya no es mi habitación (mi hermano duerme en mi cama cuando yo no estoy y la sensación cada vez que voy es que estoy ocupando su espacio). Está mi familia, claro, y eso ayuda. No es lo mismo que llegar a Tenerife y ver el aeropuerto vacío o lleno de caras anhelantes por personas que no soy yo. Pero sigue sin ser mi hogar.

Me siento totalmente apátrida. No tengo sitio ni lugar ni raíces. Ni aquí, ni allí, ni en ningún lado.

Quizás, tan sólo un poco, en tus brazos.

Mi cuerpo me dice que no. Se me revuelven las tripas antes de cada viaje. Me estreso, me agobio, no quiero ni pensar en otra maleta, otro avión. No duermo. Tiemblo. Da igual cuál sea el destino del vuelo, que los síntomas están ahí.

Sólo si el avión me lleva a tu lado, se hacen medianamente tolerables.

Y mejor no pensar en las despedidas. Ver a mi madre en el control de seguridad esperando para decir otro adiós más y saber que me necesitaría más cerca. Verte a ti hoy, a contraluz, esperando a que mis cosas salieran de la cinta para decirnos un "hasta pronto" sin palabras. Y sin saber siquiera cuándo o dónde nos volveremos a ver. Y, desde luego, no quiero ni imaginar lo que será la despedida de Tenerife en unos meses (en realidad, en menos de dos meses). Hasta me estoy planteando coger un vuelo de estrangis desde el sur o algo así.

Me dejo un trocito de corazón en cada adiós, con cada uno que se queda (cuando yo me voy) o cada uno que se va (cuando yo me quedo). Creo que mi hogar no existe porque está en cada uno de esos trocitos.

Y bicho, tú ya tienes unos cuantos.

Había muchas más ideas entrelazadas a todo esto. Inseguridad. Pesimismo. Distancias futuras. Abandono y aún más desarraigo (sí, es posible). Falsas sonrisas. Y mucha, mucha tristeza. Pero creo que por hoy basta. Revolcarme en ello no va a hacerlo más llevadero; más bien al revés. Y como desahogo, tiene que ser suficiente. Las lágrimas han brotado una vez más y ahora sólo queda seguir un pasito más.

6 comentarios:

Biónica dijo...

Curiosamente, el otro día, despidiendo a mis padres que se fueron unos días (ya ves), me di cuenta de lo poquísimo que nos abrazamos. Como si diera miedo perder algo de ti en ese intercambio. Y cuando toca despedirse es cuando lo das...

Lo bueno de las despedidas, imagino que son los reencuentros. O aquello que dicen, que hogar es donde pones la maleta, no?

En cualquier caso, un abrazo muy sentido :)

Microalgo dijo...

Es el síndrome de Marco Polo. Aguante firme. Aunque no lo crea, acabará pasando. Yo lo tuve volviendo de Granada.

Me sumo al abrazo de Biónica, y ya, con Usted, somos tres. En breve pareceremos los Teletubbies. Los odio, a todo esto.

Piense en Francia como en una aventura. Y volverá de allí con otro idioma bien aprendido, y para siempre. Cuidado con la cazoleta de pato, ya le dije. Está de escándalo y tiene como cuatro millones de calorías.

Y bueno, no le he hecho caso. Yo estoy feliz y seguí leyendo. Y no pasa nada.

Lo dicho. Un abrazo.

Inés dijo...

Uy, Biónica, yo solía ser de esas. Ahora abrazo mucho. Y digo "te quiero" siempre que el sentimiento acude. No sé si es por lo de sentirse apátrida o qué, pero hará un par de años que procuro que la gente que me rodea sepa que me importa. Mucho. Y los reencuentros son maravillosos, pero escasos, la verdad.

Micro, no sabía que el sentimiento tuviera nombre. Francia no me preocupa; no más que Tenerife o que cualquier otro sitio. Sólo es otro paso. Lo que me hace falta es saber hacia dónde o dónde están mis estaciones de descanso en el camino.

Besos y abrazos a los dos.

Cattz dijo...

Con lo que me gusta Tenerife, con lo que tengo aquí podría ser mi casa. Pero mi casa, mi hogar ahora mismo es mi perra. Y Mentiroso a ratos. Cualquier sitio sería bueno si ellos dos estuvieran conmigo :*****

Microalgo dijo...

Bueno, Inés, el síndrome tiene nombre... desde que se lo puse yo, un día que no sabía si iba a Granada o volvía.

Inés dijo...

Cattz, sí, eso era lo que quería decir. Que mi hogar está repartido entre la gente que quiero. Lo que hace que sea un hogar un tanto fragmentado.

Micro, pues es un buen nombre. Deberías registrarlo. O algo.

Besos!