Veamos...
Con tres años la monté en El Corte Inglés. No porque quisiera un juguete. Sino porque quería unos pantalones negros. Sí, con tres años. Y no había de mi talla más que rosas. Y yo no quería cosas rosas. Odiaba el rosa. No me salí con la mía (mi madre era sabia) pero desde entonces siempre he escogido mi ropa. He ido hecha un desastre pero más feliz que una perdiz. Y nunca había problemas por las mañanas porque me quisiera poner otra cosa. Y si pasaba frío, pues me aguantaba.[1] Y punto.
Hubo unas lentejas, no sé qué edad tendría. Esas lentejas estuvieron en la mesa toda una comida. Toda la cena. El siguiente desayuno. La comida. La cena. Otro desayuno. Y finalmente, en mi estómago. Yo era cabezota, sí. Pero mucho, mucho. Así que tosí un par de veces y las vomité. [2] Lloré. Y lloré. Y mi madre me puso OTRO plato de lentejas delante. Se acabaron las lágrimas y los vómitos. Me comí las lentejas y se acabaron los problemas en las comidas.
Pero la anécdota es otra.
Volvíamos de la ruta del colegio mi hermano y yo. Sé que tenía 7 u 8 años porque estábamos todavía en el primer cole. No sé qué hizo mi hermano. Debió de ser alguna tontería pero me fastidió mucho. Y llegué a casa cabreada como una mona. Y mi madre no sé qué dijo [3], no sé si le conté lo que había pasado o qué, pero el caso es que ella se llevó toda mi mierda. Y para ser un renacuajo, tenía mucha mierda. Grité, lloré, grité más y me acabé encerrando en mi cuarto dando un portazo.
Inciso.
Mi cuarto en madrid tiene planta cuadrada. Salvo en la esquina de la puerta (que se abre hacia adentro) donde hay un saliente cuadrado como de un metro cuadrado. Uno de los lados de ese cuadrado adicional es la puerta, otro la pared y el tercero el armario empotrado (opuesto a la pared).
También comentar que mi cuarto da a un patio interior, con un ventanal grande. Y que como es un primero, desde la cocina se sale a ese patio al que da el ventanal.
Por último, cuando mi hermano y yo éramos canijos, mis padres les dieron la vuelta a los picaportes, de tal manera que el pestillo no se pudiera echar desde dentro de las habitaciones.
Fin del inciso.
Decía que me encerré dando un portazo. Transcurridos un par de minutos de llorar desconsoladamente [4] me di cuenta de que aquella situación de encierro no iba a funcionar. Cerré la ventana y bajé la persiana totalmente, enganchando la cinta que la sube y la baja a la lámpara que había en la mesa. Y me coloqué en el saliente con la espalda contra la pared del armario y los pies apoyados en la puerta. Bloqueaba completamente la puerta.
Y ahí ya sí, dejé de llorar.
Sé que mi madre me dijo que saliera y que yo le dije que no. Sé que contó hasta tres y que seguí sin salir.
Sé que me llamó por mi nombre completo y aún así, no me moví ni un ápice. Lo que no sé es cómo mi madre tuvo la idea que me hizo salir.
Lo único que sé es que mi hermano me dijo: "Inés, sal, en serio. Va a ser mejor." Pero yo no le hice caso.
Lo siguiente que oí fue a mi madre decir: "O sales ahora o te quedas sin puerta". Y oír el zumbido de la Black & Decker. [5] Contra la puerta.
Menos de un segundo tardé en salir de allí.
No, mi madre no había llegado a hacer agujero en la puerta; sólo una muesca. Y me tiré más de un mes sin puerta en el cuarto. Y empapelé mi habitación con post-its con cartelitos de "Controla el genio"[6].
Hubo más peleas. Más gritos. Más "te odios". Pero fue a los 12 años, cuando tuvimos la última gran bronca en la que dejé a mi genio desbocado.
Hemos discutido, sí, claro, pero no he vuelto a tener una de esas. Con nadie. Me siguen jodiendo mil cosas. Y hay momentos en los que sé que podría dejarme llevar y montar un pifostio de no te menees. Pero también sé que no merece la pena. Que es mejor sonreír y soltarlo de otra forma. O debatir pausadamente. Aunque duela. Aunque joda. Aunque tengas ganas de matar con una pala.
Digo "muerte y destrucción". Y sigo. Un pasito más. Y otro. Y al llegar a casa, cocino. O me voy a la playa. O al cine a ver algo que me haga ilusión. Lo que sea. Ahora mismo creo que nadie que no sea mi familia me ha visto de verdad cabreada. Y prácticamente nadie me ha visto llorar. Me sigo encendiendo, claro. Pero la diferencia es que la gente no lo ve.[7]
Controlo el genio. Y todo por la Black & Decker. Aquello fue el punto de inflexión. Soy consciente de que fue entonces cuando empecé a cambiar. Hubo muchas otras cosas que me hicieron cambiar por el camino: algunas las he contado, otras se intuyen, otras ni se han mencionado. Pero ésta fue una de las buenas; hoy no podría tolerar según qué cosas si no fuera por los años de controlar el genio y reírme de mí y de todo.
Otro día cuento la otra gran idea de mi madre.
[1] Dentro de un orden. Y al colegio daba igual cómo me pusiera, que, en invierno, abrigo llevaba. Pero si era al parque y quería ir en tirantes en invierno, pues iba. Pero claro, UNA VEZ. Al llegar a casa helada aprendía que eso, como que no.
[2] Apenas tengo reflejo nauseoso, pero solía ser capaz de vomitar a voluntad. Ahora menos, pero de canija, era capaz de echarlo todo con un par de toses.
[3] Seguramente me diría que tenía que aprender a reírme de mí misma. Lo que era una verdad como un templo. Salvo porque yo ya me reía de mí misma. Aunque ahora me río mucho más, claro. Me tomo muy poquito en serio, y sumo a mi torpeza que soy una payasa. En parte, seguramente, porque si uno se ríe de sí mismo, la gente tiene mucho menos poder de hacerte daño. Citando a Tyrion Lannister (sí, sé que ya lo cité):
Never forget who you are, for surely the world won't. Make it your strength. Then it can never be your weakness. Armor yourself in it, and it will never be used to hurt you.[4] Oh, sí, además era maridramas. Esos sollozos. Esos hipidos. Ahora lloro mucho más modestamente.
[5] No fue la única gran idea de mi madre. Mi hermano tiene la suya propia. No sé qué edad tendría él (yo ni siquiera lo recuerdo), pero debía de ser muy pequeño. El caso es que tuvieron una pelea y mi hermano dijo algo como: "Ya no os quiero, me voy." Mi madre tardó 5 minutos en hacerle una maleta, decirle "Ahí tienes la puerta" y la frase que mi hermano aún recuerda: "Siempre podrás ser limpiavías de aeroplanos".
Diez minutos se tiró mi hermano en el descansillo de la escalera con la maleta. Diez minutos que, según cuenta, se le hicieron eternos. Diez minutos para un crío que no creo que tuviese muchos más de 6-7 años. Diez minutos claro, en los que mi madre estaba con la oreja pegada a la puerta y mirando por la mirilla no fuera a ser que el niño realmente se fuera.
[6] De hecho, tantos puse que es más que probable que si rebusco un poco, encuentre alguno. Había por todos lados: en la mesa, paredes, estanterías... Dentro del armario, en la ventana. ¡Hasta en el techo!
[7] Controlar el genio te da poder. Y se lo quita a los demás. Quien no te ha visto cabreado puede pensar que te puede torear. Lo que puede ser malo. Pero no puede usar un cabreo en tu contra. Lo que siempre es peor. Y no se trata de dejarse machacar; controlar el genio es otra cosa. Es poner límites de facto. Sin discutir, sin pelear. Por ejemplo, es decir una noche de marcha "Me voy" e irse. Da igual lo que diga la gente. Decir adiós y marcharse. No pararse a debatir. Irse. Con una sonrisa. Pero irse. La primera vez cuesta. La segunda vez es más fácil. La tercera, ni Dios te insiste en que te quedes más allá de la primera pregunta. No hay sentimiento de culpa. No has discutido, ni te sientes mal. Puede parecer una tontería, pero cambia mucho las cosas.

8 comentarios:
Me quedo con esto: "] Controlar el genio te da poder. Y se lo quita a los demás. Quien no te ha visto cabreado puede pensar que te puede torear. Lo que puede ser malo. Pero no puede usar un cabreo en tu contra. "
A mí, la verdad que de siempre los accesos de furia me los han contenido, por unas razones u otras... en mi casa. Y luego me tocó un exnovio, con el que, o me mordía los puños, o llegaba la sangre al río, porque era realmente de las personas que se pasan de rosca... :S
Así, en lo personal, he aprendido a moderarme un poco, a intentar comprender, y a darle vueltas a si merece la pena cabrearse. Pero como te decía, profesionalmente no me sale tan bien xD. Sé que en mi caso, cuanto más me puedo comunicar (salvando distancias, claro, porque también te cabreas), es mejor, tiendo a enfurecerme muy poco.
Otra cosa que he notado, es que el cabreo, o la ira en sí, es super adictiva, en el sentido de que por lo menos, las veces que me han puesto como una moto en el curro (que también han dado motivos, madre mía...), me siento llena de energía, mala, pero energía, y además super poderosa. Lo malo, es que te puedes arrepentir, como bien dices...
En fin, como pequeño padawan, seguiré entrenando eso xD
Snifs, tu madre sí que sabe cómo educar. Ya podían ser todas así...
Oh! Lo de irse de marcha es por mi? XD. Soy egocentrica, que pasa. He de decir que efectivamente me fuí cuando quise, y con una sonrisa. Pero simplemente me jode que me insistan. Pero querían frinkarme, entiendo que para ellos era duro, XD.
Biónica, yo, por suerte o por desgracia no tengo suficiente experiencia parejil como para haber discutido. Ever. Y profesionalmente y personalmente me sale de la misma forma porque ya está básicamente asumido. Ya es un rasgo más de mi personalidad. Como decía Vonnegut:
We are what we pretend to be, so we must be careful about what we pretend to be. (Kurl Vonnegut, “Mother Night”)
Zor, mi madre molaba (y mola) mil. Y mira que también hay veces que la mataría. Pero ella (y mi padre) invirtieron en la felicidad de mi hermano y mía sin dejar de educarnos. Nos dieron toda la libertad enseñándonos que también implicaba responsabilidad. Y vale que los dos somos raritos y tirando a poco sociables, pero éramos buenos estudiantes, responsables, ni fumamos ni bebemos, etc. Está claro que algo hicieron bien.
Pétalo, pues sí, fue a raíz de tu tuit que me acordé de esas situaciones. Y pensé que al principio me quemaba mucho que hubiera gente que me agarrara y que se pusiera en medio para evitar que me fuera. Y cómo, si no hubiese controlado el genio, hubiese acabado gritando o cabreada (como he visto que pasa con otras personas).
¿Y te querían frinkar? Sniff, a mí eso no me pasa... Espera. ¿Cómo que sniff? Si NO quiero que me pase. Icks. Odio a las personas que intentan ligar en los bares. Icks.
Besos a los tres
Uh.
Mi madre nunca tuvo que ponernos dos veces el mismo plato... de hecho, creo que algo de la mesa llegó a quitar para que no nos lo comiéramos (una servilleta, un vaso o algo). Mi hermano y yo éramos como pirañas bulímicas.
Yo también controlo bastante el genio, y cuando lo destapo (pocas veces en mi vida), más vale quitarse de en medio. Por otra parte, eso es bueno porque uno no gasta en salvas: si me cabreo es que, indudablemente, el otro ha hecho algo sumamente reprobable. Indudablemente, repito.
Oiga: ánimo con la tesis. Ya queda menos, y cuando se la fumigue se quitará usted un buen peso de encima, y será Dortora. Con lo que eso viste.
Pétalo: no mercy a los frincadores baratos. Avergüenzan a mi género. Lo que me sorprende es que triunfen (lo que me hace avergonzarme, a veces, del suyo). Si siempre que lo intentaran el resultado fuera nulo, no lo intentarían más.
Digo yo, que la estupidez humana no tiene límites.
Besotes.
Oyes, grandes consejos! Se nota que sabes de lo que hablas. Y tu mamá también ;)
Me ha gustado mucho esta entrada. Hay reflexiones muy útiles la verdad.
Un saludo!
Micro, lo podré poner cuando vaya a volar en avión. Nada de Sr. o Sra., ¡Dr.! (o Dra., en su caso). Y lo de las lentejas no sé por qué me dio, porque a mí me gustaban las lentejas!
Quico, sí, sé de lo que hablo. En esto de controlar el genio, diría que soy una experta. Pero ojo, que esto es lo que me funciona a mí; dudo que sea la panacea.
No será la panacea, pero yo también tengo práctica en eso de controlar el genio, de hecho ahora rara vez me cabreo, y hay alguna técnica que yo también utilizo y me parece que funciona de verdad. Sobre todo reírse de uno mismo xD. Un saludete.
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