Un día decides ponerte a leer en un banco del parque que acabas de descubrir y que te parece estupendo. Es un día fantástico, soleado pero fresquito y a ti te hace muchísima ilusión sentarte en ese banco a leer. Y, si por ti fuera, detendrías el tiempo y te quedarías en esa postura, en ese banco, en ese momento para siempre.
Al cabo de un tiempo, la postura que cogiste, ésa que te hacía estar súper a gusto, resulta que te está pellizcando algo y se te empieza a dormir la pierna. Pero estás tan bien que no te mueves. Y pasa otro rato. Y la pierna cada vez la tienes más dormida. Pero es tu banco favorito, tu libro, tu momento y no quieres ni moverte, pese a que cada vez estás menos a gusto.
Y al final, llega el momento en que tienes que decidir: o te rindes a los hechos y cambias de postura o te amputan la pierna por inercia.
Yo siempre acabo cambiando de postura.
Que seis meses después el banco venga a pedirte explicaciones de por qué cambiaste de postura y a reprocharte que no le dieras la oportunidad de cambiar algo... Eso es... En fin.
Al cabo de un tiempo, la postura que cogiste, ésa que te hacía estar súper a gusto, resulta que te está pellizcando algo y se te empieza a dormir la pierna. Pero estás tan bien que no te mueves. Y pasa otro rato. Y la pierna cada vez la tienes más dormida. Pero es tu banco favorito, tu libro, tu momento y no quieres ni moverte, pese a que cada vez estás menos a gusto.
Y al final, llega el momento en que tienes que decidir: o te rindes a los hechos y cambias de postura o te amputan la pierna por inercia.
Yo siempre acabo cambiando de postura.
Que seis meses después el banco venga a pedirte explicaciones de por qué cambiaste de postura y a reprocharte que no le dieras la oportunidad de cambiar algo... Eso es... En fin.

2 comentarios:
Pues os entiendo.
Al banco también.
Creo que todos hemos sido banco alguna vez :-)
Banco y sedente. De todo hemos sido.
Bonita alegoría, por otra parte.
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