sábado, 23 de octubre de 2010

Y terapias

(Esto viene de aquí)

Para tranquilizarme existen varias opciones:

- Llorar. No es (era) lo habitual en mí pero sí que descargas un montón de estrés y el cabreo pierde parte del peso. Es lo que hice anoche. Pero más que lágrimas de tristeza son lágrimas de impotencia y de frustración.

- Pedir perdón (cuando el cabreo es conmigo misma). E intentar arreglar el desaguisado que he causado. No siempre sirve ni para arreglarlo ni para pasar el cabreo (a veces sólo sirve para darme cuenta del daño que he causado), pero al menos aprendo. Es lo que he hecho esta mañana.

- Mimos. Depende MUCHO del tipo de cabreo y del motivo. Si el cabreo incluye frustración, mejor ni tocarme, ni hablarme, porque encima suele hacer que además me sienta gilipollas por estar cabreada. Y así, todo junto, es el acabose. Pero si no, suelo agradecer los mimos. Da igual el tipo.

- Emperrarse. Y vencer. Salirme con la mía. Ésta es la táctica que voy a seguir con Aduanas. Voy a seguir insistiendo y al final los paquetes que mande llegarán. Y si hace falta que mande biscotti (que aguantan bien más de una semana) en lugar de otros dulces, pues se hará.

- Chocolate. Negro. Bueno. Creo que no hace falta que añada más, ¿no?

- Reír. Tomármelo con perspectiva y con humor. Y reírme. Mucho. A carcajadas (no falsas, no, de verdad). Lo que hago NO es tan importante. Para nadie. Podría hacer cualquier otra cosa y el mundo seguiría igual. De hecho, podría no existir y nada sería especialmente diferente. Así que, risas. Hoy ha habido un par de momentos en los que me he descojonado con mi jefe el no-pope. Y menos mal. O hubiese explotado.

- Cocinar. O hablar de cocina. Me relaja. Es un campo que domino (modestia aparte), en el que las cosas  saldrán mejor o peor. Puedo tener un día de mierda y ponerme a guisar y hacer un desastre: llenarme de harina, cortarme, tirarlo todo, etc., y aún así, lo más probable es que me acabe riendo. Y si sale bien, además de reírme, está la satisfacción de tener un resultado a corto plazo (que, además, te puedes zampar o repartir por ahí). La noche en el despacho ha acabado hablando con mi jefe de cómo hacer magdalenas y explicándole por qué no se bate con las varillas una vez que añades la harina (bajas los huevos ya batidos y favoreces el desarrollo del gluten de la harina, haciendo que las magdalenas queden densas y poco esponjosas). Y he salido del despacho sonriendo, lo que no está mal después de este día.

- Frinkar. Esto, en realidad, es un interrogante. Nunca he frinkado cabreada. Ni post-cabreo. Supongo que funcionaría conmigo. Pero no sé... Igual me pasa como con los mimos, que según cómo, no hacen sino empeorar las cosas. Desde luego, conociéndome, diría que nada de un polvo suave: un poco de empotramiento de nivel.

Y que conste que ahora controlo mi genio de manera notable. Algún día tengo que contar alguna anécdota de autoescarnio con mis rebotes infantiles. Memorables.

2 comentarios:

Biónica dijo...

Pues la verdad que si controlas el genio así de bien, tienes mucho ganado. Yo lo controlo mucho mejor en lo personal, quizá porque se tiene toda una vida de experiencia o algo así. No puedo decir lo mismo en lo profesional. Si bien es cierto, que tiro y tiro para adelante, la frustración me puede mucho.

En parte es orgullo, porque por una parte creo que lo he hecho bastante bien, y por otra parte, es frustración, porque creo que tenía que haberlo hecho mucho mejor, fijarme en esos fallos. Son emociones mezcladas, en mi caso.

Desde la perspectiva, viendo cómo oscilo en eso, la conclusión sería que valoro erróneamente mi trabajo. Aún no he encontrado el punto medio. Espero hacerlo, por medio de algún punto como los tuyos. El que me vendría genial sería el de reír.

Cuando te ríes de verdad es cuando de verdad relativizas las cosas dándoles el peso que merecen... en fin, menuda reflexión me ha quedado xD.

En resumen, que todavía soy una frustrada profesional xD, pero en vías de reforma, qué sofisticado me ha quedado xD

Inés dijo...

Biónica, la frustración está, da igual cómo de bien controles el genio. La diferencia está en que nadie lo note y tu aprendas a diferenciar la sensación de no servir para esto (que nos pasa a todos) de la realidad (que sí que vales, o no lo estarías haciendo).

Nadie nace aprendido. Y la risa es un buen método de aprender un poco más.