Mis hormonas me están poniendo plof. No debería decirte esto, pero necesito hacerlo.
Te echo un montón de menos.
Cada segundo de cada minuto de cada hora de cada día. Intento no hacerlo. Intento pensar en todo lo bueno que me has regalado. En lo genial que me has hecho sentir y en lo cojonudo que eres, aún, conmigo. O intento no pensar en absoluto, hacer mi día a día, mantenerme ocupada.
Y sin embargo ahí estás, todo el tiempo.
Estás sin estar. Y ojalá pudiera cambiar eso, compartir contigo mis descubrimientos chorras. O pensar en ir a verte. O en que vinieras tú. Esas metas me mantenían viva. Y sí, eso era ya un problema antes de conocerte, pero claro, entonces no sabía cómo era sentir esa ilusión.
Quiero pasar automáticamente a dentro de unos meses o unos años. Cuando ya no duelas, cuando haya habido alguien más abrazándome hasta quedarme dormida. Cuando otras manos hayan trazado suavemnte figuras abstractas uniendo las pecas de tu espalda. Quiero estar ahí y poder verte, poder abrazarte, saber que lo superé (lo superamos) y que seguimos contando el uno con el otro.
En realidad no es todo culpa de las hormonas...
Eres genial, divertido, inteligente e indecentemente atractivo. Así no tenía escapatoria, ni plan B, ni nada. Sólo quererte. Enamorarme como una quinceañera de alguien que no podía quererme. O no quería. O que simplemente no me quiere. Y ya está.
Ya ves. Es culpa tuya.
viernes, 11 de febrero de 2011
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2 comentarios:
Es normal. Son muchos cambios, mucho estrés recién soltado y está todo muy reciente.
Ánimo, hay alguien por ahí (más de una persona, seguramente) deseando abrazarte. Sólo tienes que encontrarle. No te saltes ninguna salida de la autopista, eso sí, que no es plan de dar rodeos.
Gracias, Zor. Jo, se me saltó una lagrimita al leerlo. Y no, nada de saltarse salidas ni de acobardarse y no intentarlo.
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